Exposición a cargo del hermano Wlmer Montoya
Bendiciones hermanos.
¿Han vivido la experiencia de tener que salir huyendo de sus casas y países debido a que son perseguidos por su fe cristiana?
¿Han abordado un barquito y atravesado continentes para adorar a Dios en libertad?
¿Alguna vez, en medio del frío, han encontrado calor en una mano amiga?
¿Han compartido su último pedazo de pan, confiando en que, de alguna manera, mañana habrá más?
Hoy les vamos a contar una historia así.
Caminaremos de cerca con lo vivido por 102 pasajeros, incluidas tres mujeres embarazadas y 30 tripulantes, quienes zarparon desde Ingaterra en el pequeño barco Mayflower y sobrevivieron más de diez semanas hasta llegar a Massachuetts, Estados Unidos.
Una historia de un invierno crudo, de miedo, de pérdida de seres queridos por enfermedad y muerte... pero, sobre todo, una historia de esperanza y de un agradecimiento que cambió todo.
Esta es la historia del primer Día de Acción de Gracias o Thanksgiving como se conoce en idioma inglés.
Escuchemosla con el corazón repleto de fe y agradecimiento en voz de nuestro hermano Wilmer Montoya.
Hermanos y hermanas en la fe. En nuestra vida, a menudo pasamos por momentos de prueba. Pero en medio de ellos, Dios despliega su fidelidad. Hoy queremos recordar la historia que dio origen al Día de Acción de Gracias, no solo como un hecho histórico, sino como un testimonio de la providencia de Dios.
En el año 1620, un grupo de creyentes, conocidos como los Peregrinos, dejaron su hogar impulsados por un anhelo profundo: la libertad para adorar a Dios según su conciencia. Subieronal Mayflower confiando en la guía del Señor hacia la Tierra Prometida. Pero la llegada a este nuevo mundo fue desoladora.
El invierno era cruel, la comida escaseaba y la enfermedad se llevó a la mitad de la comunidad. En su diario, William Bradford escribió que era un "invierno desolador y cruel". Humanamente, todo parecía perdido.
Pero aun en la oscuridad, ellos clamaron a Dios. Y el Señor, en su misericordia, escuchó su oración. De una manera que nunca hubieran imaginado, Dios les envió un auxilio extraordinario.
Un día, apareció un hombre nativo llamado Squanto. Y, en un acto claro de la providencia divina, ¡Squanto hablaba inglés! Él se convirtió en las manos y los pies de Dios para ellos. Les enseñó a cultivar maíz, a pescar en los arroyos y a sobrevivir en aquella tierra agreste. Para estos creyentes, Squanto no fue una casualidad; fue un regalo directo del Cielo, una respuesta tangible a sus súplicas.
Llegó el otoño de 1621. Después de una cosecha abundante, los Peregrinos miraron atrás. No vieron solo su propio esfuerzo, sino la mano poderosa de Dios que los había sustentado. El Gobernador Bradford, un hombre de profunda fe, decretó que debían organizar un día especial. No era solo una fiesta de la cosecha; era un día solemne de Acción de Gracias a Dios por haberlos sostenido y librado.
Siguiendo el mandato bíblico de ser hospitalarios, invitaron a sus vecinos, a los Wampanoag y a su jefe Massasoit, para compartir lo que Dios les había dado. Durante tres días, compartieron los frutos de la tierra: venado, pavo, pescado y maíz. Fue un banquete de comunión, pero ante todo, fue un acto de adoración colectiva. Dieron gracias a Dios en oraciones, reconociendo que toda buena dádiva viene de lo alto.
Aquella primera celebración se basó en el principio que encontramos en 1 Tesalonicenses 5:18: "Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús". Ellos dieron gracias en todo: en la escasez y en la abundancia, en la tristeza y en la alegría.
Con el tiempo, esta tradición de dar gracias a Dios se fue repitiendo. Y aunque el presidente Lincoln la hizo festividad nacional siglos después, su esencia nunca ha cambiado para el pueblo de Dios.
Así que, hoy cuando nos reunimos alrededor de una mesa, recordemos esta lección de fe. Los Peregrinos no dieron gracias porque todo fuera perfecto, sino porque creían en un Dios perfecto y fiel.
Su historia nos recuerda que debemos dar gracias a Dios en toda circunstancia, confiando en Su provisión, así como Él proveyó un salvador inesperado en Squanto para aquellos primeros creyentes.
Que nuestro Día de Acción de Gracias sea, antes que nada, un acto de adoración. Un corazón agradecido es un corazón que reconoce a Dios como la fuente de todo bien.
En el nombre del Señor, a quien dirigimos nuestra eterna gratitud. Amén.








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